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El límite es nuestra ambición (y los tokens)

EM
Eduardo Martos
CTO & Software Architect
This article is also available in English.

Imagen generada con ChatGPT

Imagen generada con ChatGPT

Llevamos ya mucho tiempo leyendo artículos y expresiones pesimistas sobre la IA. Nos va a quitar el trabajo, nos hará menos humanos, nos va a erradicar, etc.

El otro día me encontré con esta reflexión:

Una vez que ves a Claude o a algún otro LLM realizar una tarea que solía tomarte tres horas en sólo tres minutos, todo el trabajo empieza a perder su propósito.

Todos los años de experiencia que acumulaste en tu campo de repente parecen inútiles.

Tal vez puedan reemplazarte por completo. Tal vez puedan contratar a alguien por el 50 % del coste para hacer la misma tarea con una IA.

Al leerlo, lo que más me chocó es la relación de dependencia entre conocimiento y esfuerzo. A lo largo de mi carrera, una de las sensaciones más gratificantes siempre ha sido notar que algo que al principio me costaba horrores, ahora sale con fluidez, casi de manera automática. Eso es lo que yo llamo expertise.

Y aunque la IA es una de las herramientas más diferenciales de cuantas he usado, no es la primera vez que una tecnología reduce significativamente el esfuerzo de mis tareas habituales y, por consiguiente, el tiempo que les dedicaba. Los editores de código, los verificadores de sintaxis, los frameworks, las bibliotecas de terceros, los buscadores, Stack Overflow… todo eso nos ha ahorrado miles de horas y nos ha permitido centrarnos de verdad en tareas que aportaban mucho más valor.

Eso no significa que no haya destrucción de valor por el camino. Si alguien cobraba por una tarea que necesitaba tres horas y ahora puede resolverse razonablemente bien en tres minutos, existe un problema económico real. Muchas habilidades van a valer cada vez menos. Pero no estoy seguro de que eso implique que todo el conocimiento acumulado para adquirirlas deje también de tener valor.

Un programador puede perder parte de su valor por ser capaz de producir quinientas líneas de código al día. Pero veinte años programando pueden seguir siendo diferenciales para saber qué hay que construir, qué decisión aparentemente inocua nos penalizará dentro de seis meses, qué requisito no tiene ningún sentido o cuándo la IA está generando basura.

¿Y si lo que se abarata no es el conocimiento sino algunas de sus formas de ejecución?

Ahora, con la IA, todo ese tiempo que estoy liberando me está permitiendo abarcar proyectos que antes me resultaban inalcanzables. Y no hablo sólo de proyectos profesionales. Por ejemplo, estoy dando rienda suelta a algo que siempre me ha preocupado y que hasta ahora no había conseguido canalizar: la acción cívica. Fiscalizar a las instituciones, recopilar información, contrastarla y construir herramientas que permitan hacerlo de manera sistemática.

También estoy consiguiendo resucitar proyectos literarios que llevaban años aparcados, no ya como asistente de escritura —me gusta demasiado escribir por mi cuenta—, sino como analista de mercado y como rudimentario agente literario.

Son proyectos que siempre pude imaginar pero que no tenía tiempo para ejecutar. Quizá ahí nos estemos quedando cortos cuando hablamos de productividad. Solemos pensar en hacer más de lo mismo en menos tiempo: más código, más informes (que ya sólo lee la IA), más unidades de producto. Más, más, más, pero sin un porqué.

Pero liberar tiempo también permite algo más interesante: experimentar, intentar todo aquello que habíamos dejado en el tintero porque no parecía rentable o porque, simplemente, no podíamos abarcarlo.

Ya lo he dicho en alguna ocasión: soy bastante flojo anticipando el futuro. Lo cual no quiere decir que no tenga, de vez en cuando, alguna buena idea que llega en el momento oportuno. Pero el mérito, creo, es la combinación de tenacidad y de una mente hiperactiva que siempre está maquinando. De vez en cuando suena la flauta.

No sé si estas predicciones cyberpunk se materializarán a medio o largo plazo, aunque lo normal es que acaben no siendo del todo lo que se ha imaginado. Si miramos atrás, podemos encontrar decenas de ejemplos en los que se predijeron catástrofes y al final el alcance no fue tan drástico. También, por supuesto, tecnologías cuyos efectos negativos se subestimaron.

En cualquier caso, no parece muy probable que nos volvamos todos unos luditas y destruyamos la tecnología. Renunciar individualmente a ella tampoco va a conseguir gran cosa. Yo prefiero tratar de sacarle partido de la mejor manera posible, esto es, usando la tecnología para construir una sociedad mejor.

Mi sensación es que, mientras la IA no tenga iniciativa propia, tenemos una ventana de oportunidad enorme para transformar el mundo.

Y con iniciativa me refiero a una cosa bastante concreta. Sí, ya puedo darle un objetivo, pedirle que lo divida en tareas y dejarla trabajar durante horas casi sin molestarme. Pero la IA todavía no mira una mañana por la ventana y piensa: «Esta ciudad está cada vez más sucia. Aquí hay un problema. Voy a crear algo para intentar solucionarlo».

Eso todavía se nos ocurre a nosotros. Al menos de momento. Y mientras siga siendo así, tenemos una capacidad de ejecución que hace sólo unos años habría parecido absurda, pero seguimos siendo nosotros quienes decidimos hacia dónde apuntarla. El límite es nuestra ambición… y los tokens.

Por supuesto, no devalúo la labor de crítica y denuncia que muchas personas y activistas ejercen contra el dominio casi monopolístico de las Big Tech, y no niego que tenemos retos preocupantes, como el impacto medioambiental, los sesgos y la privacidad, entre otros. Pero desde esta publicación prefiero reivindicar el optimismo pragmático porque es lo único que nos puede dar frutos interesantes.

Todo lo demás, el IApocalipsis o quedarnos sin trabajo, son cuestiones sobre las que tenemos muy poca o ninguna capacidad de influencia. Así que, como siempre digo, al igual que nuestros ancestros se enfrentaron a una naturaleza insondable y amenazadora buscando el resquicio de la supervivencia, nosotros deberíamos considerar esas amenazas como fenómenos implacables que, en cualquier caso, ofrecerán algún resquicio, alguna grieta, que nos permitirá seguir prosperando.


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