
Imagen generada con ChatGPT
Creo que me equivoqué en varias cosas, pero una de ellas, en cuanto a la velocidad, es que la economía tiene muchísima inercia. La gente sigue haciendo las mismas cosas. Sigue comprando a las mismas empresas. Sigue queriendo usar sus herramientas de la misma manera.
Esto lo reconoció Sam Altman en una entrevista con David Senra publicada el 23 de agosto de 2026. Justo es decir que luego añadió:
Creo que esto es en realidad positivo en muchos sentidos, y va a hacer que esta gran transición que tenemos por delante sea más suave y más lenta, y estoy agradecido por ello.
El caso es que a mí no me sorprendió especialmente. Supongo que cuando estás construyendo uno de los artilugios más avanzados de la historia, no sólo sientes vértigo, sino también cierta sensación de que todo el mundo te baila el agua.
Pero claro, una civilización que tiene como una de sus más antiguas fuentes del derecho la costumbre tiende a adquirir esa inercia que refiere Altman. A muchas personas nos gusta comprar en las tiendas de siempre, relacionarnos con personas y tener una vida sencilla.
Hay una manera de mirar el mundo que yo he bautizado como el síndrome de Silicon Valley: la tendencia a pensar que las personas sólo queremos ser más productivas, optimizar nuestro tiempo y tratar con personas con las que podamos establecer vínculos comerciales o estratégicos. Entiendo que esto puede tener sentido en un entorno ultracompetitivo como San Francisco, pero no tiene por qué aplicar al resto del mundo.
¿Que la IA está demostrando ser una herramienta aceleradora impresionante? Sin duda. ¿Que puede transformar el mundo? Por lo que estamos viendo, parece que sí. ¿Significa eso que estamos obligados a lanzarnos todos a la piscina, cambiar nuestras rutinas, nuestros hábitos y nuestras preferencias porque la IA ha llegado a nuestras vidas? Que cada cual elija. Yo lo tengo claro, y mientras pueda, usaré estas herramientas cuando me resulten útiles, mientras sigo decelerando todo lo que me apetezca en mi vida personal.
El comercio electrónico es un buen ejemplo de lo que decía Altman. Lleva décadas entre nosotros y funcionaba desde mediados de los 90, pero tardó casi 20 años en generalizarse. Y aunque hay gigantes como Amazon o AliExpress, el comercio físico sigue siendo dominante: cerca del 80 % del valor de las ventas minoristas mundiales, según las estimaciones de EMARKETER para 2025.
¿Y esto por qué? En mi caso, porque me gusta relacionarme con otras personas. Que me cuenten una anécdota real. Que se acuerden de qué fruta me gusta o me pongan «lo de siempre» sin tener que preguntarme. Todos esos pequeños intangibles que yo no quiero delegar en una máquina.
Y en el fondo, ni siquiera hay una disyuntiva. No tenemos por qué elegir entre fundar un mundo nuevo sobre los pilares de la IA o anclarnos al pasado. Podemos tenerlo todo, al igual que en la Giralda de Sevilla conviven el arte almohade y el renacentista. Lo difícil, sin duda, está en encontrar el equilibrio. Un equilibrio que ningún algoritmo puede predecir. Sólo el tiempo, el mismo que destila el arte hasta convertirlo en clásicos, puede sedimentar procesos tan complejos como la transformación de una sociedad.
Por ejemplo, yo estoy escribiendo este artículo en un editor que emula a OmmWriter, y lo he construido en unos minutos gracias a Codex. Y mañana, cuando termine de desayunar, emprenderé mi rutina sabática de visitar las tiendas del barrio como hago siempre y espero seguir haciendo durante muchos años.
Siempre he pensado que a los gurús de Silicon Valley les vendría bien pasar una temporada en alguna ciudad como Sevilla o Florencia, disfrutar de los atardeceres lentos, ser parte de una bulla y tomarse una cerveza en El Tremendo. Así entenderían que el mundo, ése que tienen tantas ansias por transformar, está ahí fuera, y es tan indescifrable como hermoso.
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