Artículo |

La experiencia compartida (I): La empatía

EM
Eduardo Martos
CTO & Software Architect
This article is also available in English.

Imagen generada con ChatGPT. Muchos nos preguntamos qué nos diferencia de las máquinas. A priori puede parecer un planteamiento absurdo. Todo, ¿no? Y sí, todo o casi todo. Pero cada vez sentimos que menos, porque como he argumentado otras veces, nuestro refugio como seres humanos es la mente. Y desde que tenemos memoria, ningún otro ser vivo ha representado la más mínima amenaza o competencia en ese ámbito. Hasta ahora.

Porque sí, son potentes máquinas estadísticas sin capacidad real de raciocinio, sin criterio, sin intención ni voluntad. Pero en el fondo nos inquietan. A nosotros, que sí somos capaces de intuir, de sospechar y desconfiar, hay algo que nos escama detrás de esa máscara de datos pulcramente filtrados.

Así que, volviendo a la pregunta inicial, ¿qué nos diferencia de las máquinas? ¿Es nuestra moral? ¿Es el criterio? ¿La intuición? ¿La voluntad? ¿El miedo a la muerte? Sí, todo eso nos diferencia, sin duda. Pero creo que hay algo que nos separa de manera mucho más profunda, y quizá insalvable. No se deja atrapar por una definición ni por un argumento lógico. Se entiende mejor cuando se ve. La respuesta está en este vídeo y la ofrece Matt Damon:

Y aquí, la escena a la que se refiere del filme The Smashing Machine.

Lo que explica Damon no es solo una anécdota sobre interpretación cinematográfica. En realidad, en ese relato se superponen varias capas de experiencia humana, cada una más distante que la anterior, pero unidas por el mismo hilo.

La primera capa es la capacidad de Dwayne Johnson de sintetizar de manera empática dos de sus experiencias vitales más traumáticas en una escena dramática. No es una imitación de algo que ha visto, sino una reinterpretación del padecimiento ajeno con unos códigos nuevos. Johnson se pone en la piel de su padre, por el alcoholismo, y de su madre, por el miedo al cáncer. Taparse con la sábana es una manera de evitar la vergüenza y el miedo, de protegerse simbólicamente de algo que no quiere afrontar.

La segunda capa es la capacidad de Matt Damon de emocionarse con esa historia. No sabemos si él ha tenido experiencias similares, ya sea por sí mismo o por alguien cercano. No lo parece, y aun así le llega, lo toca muy adentro, como si realmente él hubiera sufrido ese dolor. Las personas tenemos la peculiaridad de sentir lo que no hemos sentido a través de los demás, incluso si no tenemos conocimiento previo al respecto.

La tercera capa es nuestra capacidad de emocionarnos con el relato que Damon hace de su entrevista con Johnson. Aquí, la distancia es abismal. No es que nosotros hayamos tenido un padre con adicción o una madre a la que le han diagnosticado un cáncer avanzado; ni siquiera es que hayamos visto la escena de la película y nos haya emocionado; es porque compartimos la perplejidad emocional de Matt Damon hacia una situación ficticia que se basa en dos situaciones reales.

Todos, como humanos, somos capaces de sentir empatía. De compadecernos. De llorar por tragedias ajenas. Una máquina no puede hacerlo. Le falta la experiencia propia para poder entender la ajena. Ahí, en la experiencia compartida, es donde convive y se desarrolla nuestro espíritu colectivo. Ahí, en la equivocación que se obstina en convertirse en acierto. Ahí, en la imperfección que nos aflige y nos redime al mismo tiempo. Ahí, en los remordimientos por lo que pudo ser y no fue.

Una máquina no se avergüenza por ver a otra máquina haciendo el ridículo porque no entiende lo que significa hacer el ridículo. Una máquina no llora espontáneamente al escuchar una canción porque ésta no puede evocar ningún recuerdo propio. Una máquina no siente miedo.

Aun así, nada de esto es automático. No todos tenemos por qué emocionarnos. A algunos les puede parecer una chorrada; a otros, darle la risa; a otros, resultarle indiferente. Aunque compartimos códigos y valores, cada persona tiene una identidad propia que le permite reaccionar de manera distinta a cada situación. Los humanos no tenemos un código de versión. Somos individuos con una personalidad, una memoria y unas preferencias únicas.

Creo que la IA ha venido para quedarse y que va a transformar profundamente nuestro mundo. Nos quitará tareas, decisiones y quizá también algunas certezas, queramos o no. Ojalá también nos quite algo de ruido.

Pero el significado no se delega. Nadie ni nada puede vivir por nosotros aquello que nos avergüenza, nos duele o nos conmueve. Sin significado, el mundo se reduce a una sucesión de cosas que pasan.

Que las máquinas ordenen la información. Nosotros seguiremos tejiendo historias que le den un significado.