
Imagen generada con ChatGPT. Últimamente se habla mucho acerca de si las máquinas pueden ser creativas. Pero cada vez que escucho esa pregunta me asalta otra anterior: ¿Para qué creamos nosotros?
En una conmovedora charla TED, Ethan Hawke sugiere que la creatividad no es una demostración de talento, sino un instrumento de curación, de consuelo y de unión. Y cuanto más lo pienso, más sentido tiene.
La mayor parte del tiempo no estamos preocupados por la creatividad o el arte. Bastante tenemos con preocupaciones cotidianas. Pero de pronto, un día, se muere un ser querido, o tienes depresión, y entonces lo que antes era superfluo, ahora es esencial y necesario.
Porque el artista, el poeta, han expresado un dolor, una ausencia, un anhelo. Y todos ellos, del primero al último, son universales y por lo tanto compartidos. Nos vemos reflejados en la canción, en el poema, en la pintura, porque su creador ha captado una pequeña parte de nosotros y la ha plasmado en una obra de arte.
No sabemos con certeza si las pinturas rupestres responden a una finalidad práctica o son el reflejo del arte primigenio. Yo me decanto por lo segundo. Aquellas personas que pintaban sobre la roca se asombraban como nosotros, sufrían como nosotros y amaban como nosotros. Y si eso es cierto, la expresión artística no es algo que hemos aprendido, sino un impulso inherente a nuestro ser.
Actualmente existe un debate abierto sobre si las máquinas pueden ser creativas o se limitan a combinar patrones para generar meras variaciones. Puede que las máquinas sean capaces de generar formas nuevas. Incluso sorprendentes.
Pese a todo, no sé si una inteligencia artificial podría haber inventado el cubismo. Quizá con suficientes datos y potencia de cálculo sería capaz de hacerlo. Pero la pregunta que me inquieta es otra: ¿Habría sentido la necesidad de hacerlo? Y ahondando en esa cuestión, si eso hubiera sucedido, ¿lo habríamos considerado una ruptura artística o una mera casualidad?
Puede que la cuestión sea incluso más sencilla. Si hubiéramos tenido LLMs en los 80, ¿tendríamos lenguajes de programación modernos o seguiríamos con Fortran, Basic, ensamblador…? ¿Tendríamos programación orientada a objetos, gestión avanzada de la memoria, Single Page Applications? ¿O seguiríamos con interfaces de texto puro?
Qué duda cabe que no soy imparcial, y por eso opino que habríamos avanzado de manera iterativa pero no disruptiva. Tanto en la programación, como en el arte, como en la ciencia. Las máquinas pueden ser creativas en cierto modo. Pueden generar variaciones agradables o inquietantes. Pero carecen de voluntad y de intuición. Por lo tanto, no podemos esperar de su lado una revolución en ningún campo. Es posible que esas pequeñas iteraciones, esos micro avances, nos permitan a las personas avanzar más rápido o con más profundidad. Y ahí, en el trabajo combinado, puede que esté la clave.
Y aquí viene una pregunta esencial que puede ayudarnos a entender por qué nosotros podemos crear y las máquinas no. Si no quedara ninguna persona en el mundo para pedir a las máquinas que crearan una nueva obra de arte, ¿éstas lo harían? ¿Crearían para sí mismas?
Hemos visto esa famosa red social para agentes, Moltbot, que podría ser un mago de Oz, donde supuestos agentes de IA hablan entre sí. ¿Alguno de ellos, con toda su potencia bruta, ha tenido la necesidad de expresarse artísticamente? ¿Han creado algo por el mero hecho de compartirlo? ¿O somos nosotros los únicos que tenemos la necesidad de crear para iniciar esa hermosa conversación de la que habla Ethan Hawke en su charla?
Y sin embargo, mientras escribo esto, me asalta una duda que complica todo lo anterior. ¿Y si el arte no necesita intención ni destinatario, como he mantenido siempre? ¿Y si la belleza no tiene propósito? Borges lo recordaba citando a Angelus Silesius: “La rosa es sin porqué”. Si mañana una IA empezara a generar obras profundamente conmovedoras, capaces de acompañar a millones de personas en su duelo, ¿importaría que no haya sufrido?
Referencias
- Ethan Hawke (2020). Give yourself permission to be creative. ted.com
- Jorge Luis Borges (1963). Textos recobrados. cvc.cervantes.es