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La experiencia compartida (V): el humor

EM
Eduardo Martos
CTO & Software Architect
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Imagen generada con ChatGPT.

Imagen generada con ChatGPT. Hace tiempo, medio en broma, medio en serio, acuñé el término “test de Cimas” como heredero del test de Turing para distinguir a una máquina de una persona. Actualmente, las IA empiezan a superar cualquier variante del test de Turing, al menos en sus versiones más superficiales. Necesitamos, por lo tanto, una herramienta que nos permita discernir si estamos ante un humano o una máquina.

Y ahí entra el test de Cimas, nombrado así en honor a uno de mis humoristas favoritos, Raúl Cimas. La idea es simple: el test mide la capacidad de producir un humor indistinguible del que hace Raúl Cimas, y si consigue convencernos, entonces habrá superado el test. Claro que esto plantea otro problema, y es que quizá sólo hay una persona capaz de superar el test, y es Raúl Cimas (o quizá Raúl Pérez).

Bromas aparte, hoy traigo el humor porque creo que no sólo es uno de los atributos más genuinamente humanos, sino que también me parece el culmen de la inteligencia. El humor es una compleja herramienta de socialización, de auto aceptación, y diría que incluso de supervivencia.

Al menos en mi entorno, el humor se usa, además de para lo evidente, para quitarle hierro a situaciones tensas, para allanar el terreno a un desconocido, para ahuyentar los miedos o para evocar situaciones pasadas de manera más amable.

Todos conocemos esa conversación entre Einstein y Chaplin, que resume magistralmente lo que significa el humor:

—Lo que admiro de usted Charles, es que no dice una palabra, pero todo el mundo le entiende.

—Es cierto —replicó Chaplin— pero su gloria es de lejos más grande que la mía. El mundo entero le rinde admiración pero nadie le entiende.

El humor es también un instrumento de denuncia social. La manifestación más evolucionada y fina de esta vertiente la podemos encontrar, como no podía ser de otra manera, en los Carnavales de Cádiz. La gente, consciente de sus miserias y sus desgracias, se ríe de ellas, no para alejarlas, sino para que no les dañen más de lo que ya lo hacen. Y de ello sacan una fuerza que les ayuda a seguir caminando con la cabeza alta.

Mención aparte merece el humor negro, que pone ante nuestros ojos lo más oscuro de nuestra propia esencia y consigue sacarnos una carcajada. No a todos, claro. Lo cual es una buena noticia porque resalta nuestra individualidad.

Para hacer humor, y para entenderlo, hay que haber vivido, muchas veces hay que haber sufrido, y es imprescindible entender la huella que todo ello deja en nosotros. Eso es algo que sólo está a nuestro alcance. De alguna manera, creo que el humor toca el alma porque genera una conexión entre dos conciencias, una conexión que sólo se entiende si hay una verdadera experiencia compartida.

Y, sin embargo, no todo el humor está en lo que se dice. Hay algo en el momento exacto en el que se dice. Un silencio que se alarga medio segundo más de la cuenta, una frase que llega justo cuando la tensión empieza a notarse. El humor vive ahí, en ese ajuste fino del tiempo que no se puede escribir del todo, sólo percibir.

También hay un componente incómodo que solemos pasar por alto. Hacer humor es exponerse. Es lanzar algo que puede no funcionar, que puede caer mal, que puede no ser entendido. Hay una pequeña posibilidad de fracaso en cada intento. Y, aun así, insistimos. Quizá porque en ese riesgo hay algo profundamente humano. Recuerdo una vez en la Feria de Abril, tendría yo cinco años, y me sacaron a contar un chiste. Empecé a contarlo y, a la mitad, se me olvidó. La gente se rió (quizá por ser un niño) y entendí que el humor no es algo perfecto, sino algo que se intenta.

Aunque una máquina pudiera llegar a contarnos un chiste y hacernos reír con él, sospecho que faltaría una parte. Es como si en lugar de tener una conversación entre dos partes, tuviéramos a alguien con un megáfono que no espera una respuesta.

Quizá porque el humor no sólo transmite algo. También pone a prueba una parte esencial de nosotros mismos. Permite decir ciertas verdades sin decirlas del todo, acercarse a zonas incómodas sin romperlas. Es una forma de tantear el límite. Y no tengo claro que una máquina pueda asumir ese tipo de tensión.

Y sólo alguien como Raúl Cimas gritándole a la multitud con un megáfono podría llegar a tener gracia.